Ayer, 25 de mayo, tuvo lugar la ceremonia de graduación de los alumnos de 2º de Bachillerato del IES Jorge Juan. A mí me correspondió el orgulloso honor de pronunciar el discurso en representación del profesorado. Aquí se reproduce dicho discurso:

Discurso de graduación de los alumnos de 2º de Bachillerato del IES Jorge Juan. Promoción 2017-18

Algunas veces, las cosas salen bien. La semana tiene dos sábados, llueve a gusto de todos y al doblar una esquina, un desconocido nos roba el corazón.

Algunas veces, dar clase es lo que soñábamos que debía ser: un intercambio de ideas, conocimientos, emociones. Y para que eso ocurra no son necesarias energías cósmicas positivas fluyendo por nuestro espacio-tiempo, ni alineaciones astrales propicias o chakras en armonía. Tampoco se necesitan profesores de la liga de las estrellas. Lo único que resulta imprescindible es contar con alumnos curiosos, sensibles, creativos, ansiosos por crecer. Alumnos como vosotros.

Y de esa manera, clase a clase, evaluación tras evaluación, curso a curso, hemos llegado hasta aquí. Vosotros a punto de atravesar una puerta que jamás volveréis a cruzar, vuestras familias, vuestros amigos y profesores acompañándoos en este ritual y compartiendo vuestra alegría y yo humildemente dispuesto a impartir mi penúltima lección. La última será la del silencio y la añoranza.

El caso es que, al pensar en lo que quería deciros esta noche, me he dado cuenta de que, cuando yo pasé por este mismo trance, nadie me dijo nada. Y lo cierto es me hubiera gustado escuchar de alguien que estuviera del otro lado un par de palabras. No sé, que me descorriera algo la cortina y me dejara mirar, que me diera una palmada en el hombro y me dijera una palabra de aliento. Pero no fue así. Y ha sido en ese momento cuando me he acordado, y nadie que me conozca de verdad se sorprenderá de esta referencia, de la primera carta de San Pablo a los Corintios.

“Aunque yo hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como una campana que resuena o un platillo que retiñe. Aunque tuviera el don de la profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia, aunque tuviera toda la fe, una fe capaz de mover montañas, si no tengo amor, no soy nada. Aunque repartiera todos mis bienes para alimentar a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, no me sirve para nada.”

Y me ha parecido que yo tengo algo semejante que deciros: Todo lo que habéis aprendido, todo lo que aprenderéis en los años que están por venir, solo os hará eruditos. Solo el amor, la honradez, la dignidad, la humanidad, os darán, además, la auténtica sabiduría. Por eso sé, lo sé con absoluta certeza, que seréis mucho más sabios que yo. Y, que nadie se moleste si añado, que todos nosotros.

Pero para llegar a eso tendréis que aprender muchas cosas. Y, como siempre, algunas os gustarán más y otras menos.

Aprenderéis que la amistad es un bien escaso e increíblemente valioso. Y que tendréis que conjugar el adiós con la renuncia. Pero también la entrega con el compromiso. Tendréis semanas con dos sábados, pero también otras con siete lunes. Conoceréis a quien os quiera romper, pero también a quien os ayude a recomponeros.

No existe un manual para convertirse en buenas personas. Supongo que será por eso que no os dejamos en herencia la sociedad que os merecéis. Veréis que algunos adultos se comportan exactamente igual que esos malos alumnos que dicen “yo no estaba hablando” (“yo no he mentido en mi currículo”) o “los demás también estaban hablando” (“los demás también mienten en su currículo”).

No existe un manual, pero sí ciertas normas implícitas que todos conocen, pero pocos se atreven a seguir. Vosotros sí lo haréis. Ya lo hacéis.

Por eso os pido que no demandéis a otros lo que vosotros no estéis dispuestos a dar, pero tampoco más de lo que sea razonable exigir. No juzguéis la labor de los demás si no estáis seguros, y jamás lo estaréis, de que conocéis sus circunstancias. Sed críticos, pero sobre todo sed autocríticos. Sed compasivos, pero no con vosotros mismos. Sed fuertes, pero aceptad la debilidad ajena. Recordad que la comprensión, la solidaridad, la empatía no son muestras de debilidad, sino todo lo contrario.

La verdadera valentía no reside en ponerse delante de un toro o acudir a apagar un incendio. La verdadera valentía consiste en escuchar al que no opina como nosotros, aceptar sus argumentos y cambiar de opinión si fuera necesario. No seáis como esos malos tertulianos que solo se escuchan a sí mismos.

Que no pueda con vosotros la maledicencia. El chismorreo descalifica al chismoso, no a la víctima de las murmuraciones.

Sabed que el éxito es una moneda de cobre pintada de oro. No lo persigáis. Dejad eso para los idiotas de mente y corazón. Seguid vuestros propios impulsos e intuiciones. Dónde os lleven esas dos sabias consejeras no os podrá guiar nadie más.

Haciendo caso a las palabras de Ortega y de Einstein recordad que encontraréis más necios que malvados. Y os harán más daño. El peso de la estupidez puede ser aplastante. La maldad es evidente, pero la estulticia se reviste a menudo de maestría, de experiencia. Desconfiad siempre de quien exhibe sus méritos como galones.

Que vuestro pensamiento sea más rápido que vuestra lengua. Que vuestras palabras sean bálsamos que curen y no puñales que hieran. Que vuestros labios se ocupen de besar y vuestras manos de acariciar.

Tant de bo poguérem moure’ns molt, molt de pressa perquè el temps es dilatara i passar així una setmana més amb vosaltres, un altre dia, una hora. Queden tantes coses per dir! Ens queda encara tant que aprendre! Però no pot ser, el temps és el que és i aquest ja no és el nostre, sinó el vostre. Potser algun dia, sota un ametler de nata, ens tornem a trobar. Aqueix dia, ens comptareu les grans coses que haureu vist, les meravelles que heu viscut, els llocs que heu visitat.

No voldria allargar-me més. El vostre últim timbre està a punt de sonar. I ja hi ha qui espera a la porta per a portar-vos al vostre nou futur. He d’anar trobant la manera d’acabar amb dignitat aquest comiat que no té gens de professional i sí molt de personal.

Ojalá pudiéramos movernos muy, muy deprisa para que el tiempo se dilatara y pasar así una semana más con vosotros, otro día, una hora. ¡Quedan tantas cosas por decir! ¡Nos queda todavía tanto que aprender! Pero no puede ser, el tiempo es el que es y este ya no es el nuestro, sino el vuestro. Quizá algún día, bajo un almendro de nata, nos volvamos a encontrar. Ese día, nos contaréis las grandes cosas que habréis visto, las maravillas que habéis vivido, los lugares que habéis visitado.

No querría alargarme más. Vuestro último timbre está a punto de sonar. Y ya hay quien espera a la puerta para llevaros a vuestro nuevo futuro. Tengo que ir encontrando la manera de terminar con dignidad esta despedida que no tiene nada de profesional y sí mucho de personal.

Cuando subí aquí arriba hacía mucho calor, pero yo ahora empiezo a sentir frío. No sé, me habré resfriado. O tal vez me esté acordando de cuando os conocí y pensé que algún día habríais de romperme el corazón al marcharos y supe que debía estar preparado. Pero, ¿quién se prepara para algo así? ¿Cómo se dice adiós sin que un velo de niebla nos cubra la mirada, sin sentir un descosido en la voz?

A menudo, los consejos que os darán serán el compendio de los errores que otros han cometido. Pero vosotros no tenéis por qué cometer esos mismos errores. Equivocaos por vosotros mismos. Ese es mi último consejo.

Hay una canción de Léo Ferré, escrita el año en que yo nací, de la que voy a robar un par de versos, solo un par, para pasar de la sección de consejos a la de deseos.

Que vuestros lunes sean domingos tan a menudo como sea posible.

Que vuestros discursos acaben siempre con un “Te quiero”.

Que cada día os hagáis una pregunta que no pueda ser respondida.

Que los buenos recuerdos dejen paso a las mejores experiencias.

Que el viento sople siempre a vuestra espalda.

Que la lluvia os moje solo la piel.

Que algún día podáis reunir a vuestros amigos y, mirándolos a la cara, como yo os miro ahora, posáis decirles “Os quiero”.

Gracias por permitirnos estar en nuestras vidas. Buenas noches.

© Nacho sendón. Alicante, 26 de mayo de 2018