Padre no hay más que dos

Sería el curso 2000-2001. Yo era tutor de un Programa de Diversificación Curricular (PDC) de 4º de ESO. Estos programas, antecesores de los Programas de Mejora del Aprendizaje y el Rendimiento (PMAR) y Programa de Refuerzo de 4º de ESO (PR4) cumplían el objetivo de dar una oportunidad a alumnos que, con dificultades para obtener el título de graduado en ESO, tenían interés en conseguirlo.

Se trata de adolescentes que, por muy variados motivos, tienen serias dificultades con las materias de un curso estándar. Pero que, si se les adapta el currículo y, sobre todo, la metodología, salen adelante sin problemas.

Aquel curso, yo tenía un grupo de lo más heterogéneo. Por desgracia, no sé qué habrá sido de  ninguno de ellos, aunque me atrevo a imaginar que, salvo uno o dos casos, habrán llegado a dónde querían. ¡Ojalá sea así! 

Siempre que he sido tutor, he cogido a mis alumnos de la mano para llevarlos al mejor de los puertos posible. Aunque sea desviarme algo del tema, recuerdo ahora mi primer curso como tutor del PDC, el 1999-2000, en el que tuve una alumna recién llegada de Rusia. En alguna hora libre, acompañé a esa alumna a conseguir el NIE o la tarjeta de la Seguridad Social. Fui hasta el pueblo en el que vivía para entrevistarme con sus padres que no podían acercarse al instituto… En fin, las cosas que suele hacer un tutor.

El caso es que en el curso del que comencé a hablar había otra alumna, llamémosla M., que, con bastante frecuencia, me llamaba papá. No era una broma, no lo hacía a propósito. Era un simple desliz. Sin embargo, poco a poco, fue tratándome como si yo fuera su padre auténtico. Recuerdo, incluso, que unos días antes de las vacaciones de navidad, me trajo el vestido que pensaba ponerse en Nochevieja para que yo le diera mi aprobación.

Comprendí, de manera que pudo ser trágica, por qué, aunque fuera inconscientemente, me convirtió en su progenitor virtual. Un viernes, cerca ya del final de curso, recibí una llamada en mi casa. Era una profesora que impartía su materia en el laboratorio de Biología y Geología. Poco antes de terminar la clase, M. se cortó con un escalpelo. No se trataba de material quirúrgico, de manera que, no solo no estaba esterilizado, sino que lo que sí estaba era oxidado. La profesora, que había querido avisar a la alumna de que debía ir a su ambulatorio para que le pusieran la vacuna antitetánica, no pudo porque esta había salido corriendo de clase y no le había dado tiempo a decirle nada. De modo que me pedía a mí que llamara yo a sus padres y les transmitiera la información.

Como digo, estábamos a mediodía del viernes. Yo hice lo que me pedía la profesora y contacté con el padre, que es con quién convivía, en esa temporada, M. El padre me atendió con un cierto desinterés, de modo que yo enfaticé todo lo que pude la necesidad de que M. se vacunara. Él me aseguró que así lo haría, pero yo colgué el teléfono bastante intranquilo. En aquellos años, no era frecuente que los alumnos dispusieran de móvil, de modo que no me quedó el recurso de llamarla a ella. Así es que, rogué al destino que el padre fuera cabal y obligara a su hija, a nuestra hija, a hacer lo que yo le pedía.

El lunes, nada más comenzar las clases, fui a buscar a M. Se encontraba bien, no tenía ningún síntoma. Aunque aún podían aparecer, deduje que su padre le había dado mi mensaje. Así y todo, le pregunté. Su respuesta fue:

–¡Ah! Sí. Algo me ha dicho esta mañana en el desayuno.

¡Algo le había dicho su padre el lunes en el desayuno! Es decir, más de sesenta y cuatro horas después de haberse producido la herida. Y se lo dijo de pasada. Dejando en manos de M. la decisión de vacunarse o no hacerlo. A M. no le pasó nada porque las estadísticas estaban de su parte, pero al padre… ¿Qué le pasó al padre?

Se podría argumentar que es un caso aislado. Y lo es. La mayoría de los padres son buenos padres. La mayoría de los alumnos lo son también. Y la mayoría de los profesores. Pero son las excepciones las que hacen que el sistema no funcione. Un ser vivo puede morir por el fallo de uno solo de sus órganos. El sistema educativo español no funciona por unos pocos malos profesores, unos cuantos malos alumnos y por, permítanme que se lo diga, un número creciente de malos padres. Padres como el de M.

© J. Ignacio Sendón. Alicante. 16 de junio de 2020