¡Respeto!

La educación de este país necesita dinero, medios, humanos y materiales, infraestructuras… En definitiva, necesita una inversión que ningún gobierno ha hecho y, me temo, ningún gobierno hará jamás.

Pero hay algo que necesita mucho más que todo eso y que es gratis. Necesita respeto.

Los profesores de este país necesitan que su trabajo no sea cuestionado continuamente, que no se usen con ellos estereotipos de los años 50 del pasado siglo, que no se ponga en tela de juicio su autoridad.

Vemos anuncios de televisión en los que un profesor aburre a las ovejas con su perorata sobre trigonometría. Afortunadamente, un refresco, un aperitivo o una chocolatina, rescatan al alumno del sopor de la clase que va justo antes del recreo. ¿Era necesaria esa imagen de las clases de Matemáticas? Y quien dice de Matemáticas, dice de Literatura, de Química o de Cultura Clásica.

Hoy, más que nunca, las clases son activas, participativas, dinámicas e incluso, en muchos casos, un juego. Pero los profesores arrastramos el sambenito de aburrir a nuestros alumnos.

Pues déjenme que les diga una cosa: el que se aburre es porque trae el aburrimiento de casa. Porque su familia no le ha dado valor al uso del intelecto.

Si hacen el esfuerzo de investigarlo, verán que tras cada alumno que se aburre en clase, hay una familia a la que pensar le aburre exactamente lo mismo que a su vástago.

Y lo mismo cabe decir del resto de los comportamientos incorrectos de los estudiantes. Hay un dicho que, con ligeras variantes, circula entre los profesores de más experiencia: «Conoce a los padres y entenderás al hijo». 

Cuando un alumno le falta al respeto a un profesor, llamas a sus padres y lo que sueles encontrarte es padres que te faltan al respeto. Si un alumno no valora lo que la Educación le ofrece es porque sus padres piensan que estudiar no sirve para nada. Un adolescente maleducado lo es por la educación que le han dado sus padres que, además, suelen afirmar, equivocadamente, que lo único que los profesores debemos hacer es enseñar nuestras asignaturas y dejarles a ellos la educación de sus hijos.

Y no es así. Desde la ya lejana LOGSE (1990), la función de los profesores es también transmitir valores. No ser meros enseñantes.

Mientras la sociedad, en su conjunto, no valore la Educación, seguiremos anclados en esa España de charanga y pandereta que retrató Machado. Y seguiremos teniendo alumnos que solo para embestir se dignen usar su cabeza.

La mayor parte de los padres no son así. Desean lo mejor para sus hijos. Y entienden que eso pasa por una formación adecuada complementada por unas cualidades que se adquieren en casa, pero también en la escuela: solidaridad, valores democráticos, adaptabilidad, curiosidad, asertividad, empatía, liderazgo positivo, sensibilidad…

Estos son los que colaboran con nosotros, facilitan nuestro trabajo y nos permiten obtener los mejores resultados.

De los otros, de los que desprecian todo lo que tenga que ver con la inteligencia, con la cultura, con la educación, solo puedes esperar coces y zancadillas. 

El problema es que esas zancadillas, travetes en català, traban el proceso para todos los demás. Un único alumno con comportamiento disruptivo en una clase, puede hacer perder a todos su compañeros un tiempo, que, sumado, bien podría alcanzar la tercera parte de un curso normal. Malgastan nuestra energía, nuestro entusiasmo. Se comen una parte de nuestra alma. 

Y son sus familias las que han propiciado ese comportamiento, las que lo defienden, las que lo justifican, las que lo niegan.

Sin entrar en detalles, les contaré que hace un tiempo, no demasiado, tuve que comunicar a unos padres la sanción que habíamos aplicado a su hijo. Esta era la máxima que el centro podía aplicar según la normativa vigente. La madre (el padre tenía bastante más claro cuáles eran los problemas de su hijo) entre insultos y descalificaciones, rechazó de plano la sanción. Aseguró que no estaba dispuesta a aceptarla. Yo, en el tono más suave que fui capaz de usar, le expliqué que ella no tenía nada que aceptar o rechazar. La sanción sería aplicada lo quisiera ella o no, salvo, claro está, que ella presentará un recurso ante la Administración y esta redujera o anulara la sanción.

La verdad, ahora lo confieso, es que mientras decía esto, tenía el dato de que la Administración había recibido ya una petición de información por parte de la Fiscalía y que, hubiera o no recurso, tenía previsto agravar muchísimo más la sanción.

Días después volví a recibir a la madre para gestionar la baja de su hijo en el centro. Su tono había cambiado. Su incomprensión no. Seguía sin entender que su hijo había cometido un delito por el cual tuvo que intervenir la Fiscalía de menores. 

¿Lo habría entendido de ser la madre de la víctima de los abusos?

© J. Ignacio Sendón. Alicante 9 de julio de 2020

«Del mañana efímero»
A Roberto Castrovido

La España de charanga y pandereta,
cerrado y sacristía,
devota de Frascuelo y de María,
de espíritu burlón y alma inquieta,
ha de tener su mármol y su día,
su infalible mañana y su poeta.

En vano ayer engendrará un mañana
vacío y por ventura pasajero.
Será un joven lechuzo y tarambana,
un sayón con hechuras de bolero,
a la moda de Francia realista
un poco al uso de París pagano
y al estilo de España especialista
en el vicio al alcance de la mano.

Esa España inferior que ora y bosteza,
vieja y tahúr, zaragatera y triste;
esa España inferior que ora y embiste,
cuando se digna usar la cabeza,
aún tendrá luengo parto de varones
amantes de sagradas tradiciones
y de sagradas formas y maneras;
florecerán las barbas apostólicas,
y otras calvas en otras calaveras
brillarán, venerables y católicas.

El vano ayer engendrará un mañana
vacío y ¡por ventura! pasajero,
la sombra de un lechuzo tarambana,
de un sayón con hechuras de bolero;
el vacuo ayer dará un mañana huero.
Como la náusea de un borracho ahíto
de vino malo, un rojo sol corona
de heces turbias las cumbres de granito;
hay un mañana estomagante escrito
en la tarde pragmática y dulzona.

Mas otra España nace,
la España del cincel y de la maza,
con esa eterna juventud que se hace
del pasado macizo de la raza.
Una España implacable y redentora,
España que alborea
con un hacha en la mano vengadora,
España de la rabia y de la idea.

Antonio Machado