Prestigio

         Prestigio: Engaño, ilusión o apariencia con que los prestigiadores emboban y embaucan al pueblo.

Los profesores universitarios gozan de un prestigio reconocido, de manera casi unánime, por la sociedad. Prestigio que no acompaña a los profesores de educación infantil, primaria o secundaria. Pero ¿es el suyo un prestigio merecido? ¿Es merecida nuestra falta de prestigio?

Vaya por delante que tengo amigos que son profesores universitarios y que son excelentes profesionales merecedores de un reconocimiento que yo no creo haberme ganado. Y, durante mis estudios en la Universidad, tuve algún profesor que era una eminencia en su campo. Sin embargo, de la mayoría, lo mejor que puedo decir es que fueron mediocres. Mediocres con ínfulas, eso sí.

Hace un tiempo, en un foro de cuyo nombre y emplazamiento no consigo acordarme, mantuve una discusión con una persona que sostenía que un doctor, por el hecho de serlo, era más inteligente que cualquier otra persona que no hubiera hecho una tesis doctoral. Creo que la circunstancia de que esa afirmación la hiciera un doctor contiene en sí misma su propia negación.  Es imposible ser una persona inteligente y creerse tamaña estupidez.

He tenido compañeros, y hasta alumnos, doctores que eran auténticos zotes. Sin embargo, por el hecho de serlo gozaban de un reconocimiento que no se compadecía con sus méritos profesionales.

Y creo que con los profesores universitarios pasa algo parecido. En una conversación reciente, un buen amigo mencionaba que él era PDI (Personal Docente e Investigador). Lo hacía en un contexto muy alejado del tema de este escrito, pero yo lo uso aquí para recordar que los profesores universitarios son investigadores, pero también docentes. Y ahí, una gran parte de ellos falla estrepitosamente. Y, si solo hacen bien la mitad de su trabajo (y esto no podría asegurarlo) ¿cómo pueden ser considerados buenos profesionales?

Quizá usted pueda pensar que mi única experiencia se debe a mi paso por la universidad hace ya casi cuarenta años. Pero no es verdad, he colaborado de diferentes maneras con la universidad, tengo amigos que son excelentes PDI (docentes e investigadores), y, sobre todo, tengo antiguos alumnos que me hablan de sus actuales experiencias.

Y, a veces, ni siquiera todo ello es necesario. Basta revisar las pruebas de selectividad. Hoy publica la prensa que en los recientes exámenes de las EBAU (Evaluación del Bachillerato para el Acceso a la Universidad) ha habido cinco especialidades en cuyos enunciados se han detectado errores: Latín, Griego, Economía. Dibujo Técnico y Química. Pero hay más. En el examen de Historia se atribuye erróneamente «La fontana de oro» de Benito Pérez Galdós a la serie «Episodios nacionales». En el examen de Física hay una pregunta, objeto de impugnación, que, como poco, es confusa.

¿En estas manos depositamos la Evaluación de Bachillerato? Si yo fuera el responsable de la redacción de esos exámenes se me caería la cara de vergüenza.

Conselleria afirma que se trata de errores mínimos y que no anulará ningún examen. No sé hasta qué punto lo son los demás, pero el de Química no me parece tan «mínimo». En una reacción se usa el reactivo KMO4. Cualquier químico sabe que ese compuesto no existe y que, sin duda, se trata del KMnO4. El famoso oxidante permanganato de potasio. Pero un estudiante que hace las pruebas de la EBAU, sometido a presión, soportando calor, nervioso, cansado y sin la información de que dispone un químico, podría perfectamente pensar que el KMO4 es un compuesto del que su profesor nunca le ha hablado y del que no conoce sus propiedades. No me parece un error tan mínimo. O, visto de otra manera. Supongamos que en la pregunta de formulación, el examinador ha pedido al alumno que escriba la fórmula del permanganato de potasio. ¿Aceptaría como válida la respuesta KMO4? Estoy convencido de que no.

¿Cómo se atreven a evaluar el bachillerato profesores que insisten en cometer errores, convencidos de que no lo son, curso tras curso? Déjeme que vuelva a poner un ejemplo de «lo mío». En Secundaria, en Física y Química, enseñamos la diferencia entre masa y peso, el Sistema Internacional de Unidades y otras bagatelas semejantes. Insistimos hasta la pesadez en que usen las magnitudes (masa, longitud, tiempo…) unidades (kilogramo, metro, segundo…) y símbolos (kg, m, s…) correctos. ¿Es importante? Pues no sé. Pregúntele a los miembros de la Conferencia General de Pesas y Medidas (CGPM) o a los del Centro Español de Metrología (CEM) que dedican su vida profesional a estos temas.

Si nosotros enseñamos, correctamente, que la masa se puede medir en gramos (g) ¿cómo es posible que un profesor universitario pregunte en un examen de EBAU por la «cantidad en gramos»? No existe la magnitud «cantidad». Lo más parecido, y muy usado en Química, es la cantidad de materia o sustancia que se mide en mol. Si quiere preguntar por la cantidad de sustancia, que no mencione los gramos. Si quiere averiguar cuántos gramos de una sustancia se necesitan o se obtienen, pregunte por la masa. Pero no, ellos, aupados a su pedestal de prestigio, preguntan lo que les da la gana.

Algunos de mis mejores profesores de la universidad eran, a la vez, profesores de instituto. Otros abandonaron su puesto en la universidad para prepararse, y aprobar, las oposiciones de agregado de bachillerato. Las mismas que aprobé yo un tiempo después. 

Debo reconocer que acaricié la idea de trabajar en la universidad. No hizo falta que esta me rechazara. Una cosa es acariciar algo y otra cosa es quererlo de verdad. Yo soy perezoso. Y relativamente ambicioso. No quería pasar por todos los pasos intermedios necesarios para llegar a ser profesor titular de la universidad cuando una oposición me podía dar el acceso a lo que de verdad me gustaba: dar clase. Tengo la sensación de que una parte, solo una parte, pero importante parte, de los profesores de la universidad, sí tuvieron esa paciencia porque, en realidad, era lo único que tenían. Paciencia, perseverancia, tiempo…

Naturalmente, todo lo que estoy diciendo es falso como lo son todas las generalidades. Ni todos los gallegos responden con una pregunta, ni todos los andaluces son graciosos, pero creo que el prestigio, ese que la Real Academia de la Lengua, en su primera acepción, define como «Pública estima de alguien o de algo, fruto de su mérito», debiera ser eso: fruto de su mérito. Y no obtenido por pertenecer a una institución, la Universidad, a la que tampoco vendría mal un examen de conciencia a fondo. El prestigio para el que se lo gane, no lo demos, como el valor en el servicio militar, por supuesto.

¿Quiere usted encontrar profesionales con mérito? Búsquelos en los CEIP en los que excelentes profesores llevan a sus hijos de la mano desde la más tierna infancia hasta la adolescencia. Guiándolos, mimándolos cuando es necesario, enseñándoles hasta a cómo jugar. Otórgueles el prestigio que se merecen.

Y, si le sobra tiempo, pásese por un IES. Tampoco allí vamos faltos de méritos.

© J. Ignacio Sendón. Alicante, 10 de julio de 2020